El galley de Nita: Mi historia

by lucyintheclouds

En este post voy a contaros mi historia. No es nada del otro mundo, no es nada raro ni especial, no es mejor ni peor que ninguna otra, pero yo me siento tremendamente orgullosa.

Para empezar, diré que yo he tenido muchísima suerte, por que tengo un sueño. Hay personas que quieren trabajar en algo que «les de mucho dinero» o «muchas vacaciones» o «muchos viajes» o simplemente «fama». Luego hay personas que tienen vocación. Hay niños que dicen «yo quiero ser médico, quiero curar a la gente» o «yo quiero ser cocinero y que a todos les gusten mis platos». Yo quería volar. Cuando eres pequeño y quieres ser médico, no eres aún consciente de que eso supondrá que habrá personas a las que no puedas curar, o que si eres cocinero tendrás las manos llenas de cortes y quemaduras. Yo sí era consciente de que tendría que madrugar o trabajar en Domingo, pero no me importaba, por que también sabía que supondría tranquilizar a las personas con miedo a volar, llevar juguetes a los niños como veía que hacían las azafatas conmigo, o bromear con las compañeras. Y sobre todo, suponía volar ¿qué podía haber mejor que eso? Así que, aunque ya sabía que tenía sus pegas, decidí desde muy pequeña que volaría.

Como todos los sueños infantiles, al crecer podía haber dejado que se diluyera y haber elegido otro camino. Podía haber estudiado lo que mi madre me dijo que estudiara, y haber dejado que me diera un trabajo, y así haber tenido una vida muy diferente. Elegir mi horario y pasar mucho mas tiempo dedicándome a mis aficiones del que puedo permitirme. Eso habría sido tremendamente fácil, pero me habría hecho tremendamente infeliz. Porque yo tenía la suerte de tener un sueño, y elegí luchar por él. No elegí el camino fácil. Aún no había cumplido los 20 pero decidí no venderme. Cogí toda mi ilusión y todo el miedo del mundo y me fui lejos de casa, a volar.

Sabía que sería duro, que tendría que madrugar y volar en fiestas… y con eso creía que lo sabía todo. Pero en realidad no sabía nada. No tenía ni idea de lo duro que iba a ser. De lo duro que es. No sabía que me dolerían los pies, las piernas, los hombros de subir maletas, por no hablar de los dolores no físicos por tener que tragar con ciertas cosas, a veces con apoyo, a veces sin, porque no todo el mundo puede entender que una mala contestación en un mal momento puede hundirte el día. No sabía que echaría de menos a mi familia, que viviría lejos de casa, que llegaría a estar tan jodidamente cansada (perdón por la expresión pero no hay otra palabra para definirlo) o que lloraría al ver mi cama. Puedo aseguraros que uno no sabe lo que es sentirse solo hasta que se ve un día abrazando al recepcionista del hotel de Moscú porque, tras mucho suplicar, al fin te da un paracetamol. No sabes lo que es estar realmente cansado hasta que te planetas dormir en el coche por que crees que la energía no te da para llegar a tu casa, no tienes fuerzas ni para tirar de ti, ¡como para tirar de la maleta! Una vez, viviendo lejos de casa en un piso con 4 maletas unidas a 4 azafatas con la misma cara de zombie que yo, me subió la fiebre. Una de las zombies hizo una sopa de sobre antes de salir para su vuelo y la dejó en la cocina con un post it «me ha sobrado sopa, si quieres caliéntatela, si no, tírala, que se pone mala». Estaba lejos de casa y enferma, me sentía mal y de pronto tenía una sopa caliente que alguien había preparado y lloré de gratitud. Y aún así nunca renuncié. Eso es luchar por tus sueños. Elegir el camino difícil y seguirlo por muy difícil que se ponga. Eso es ser valiente y luchador.

No sabes lo que es amar tu trabajo hasta que un día, agotada, exhausta y a punto de explotar, ves un bonito amanecer y recuerdas porque estás donde estás, y lo que te ha costado llegar ahí. Y esa milésima de segundo mirando por la ventanilla te arregla el día, te compensa. Uno no sabe lo que es amar hasta que un día tienes una emergencia en el avión y de pronto eres consciente de que en este trabajo puedes perder la vida un día cualquiera, hasta tienes una carta escrita «por si me pasa algo», y aún así, sigues subiendo al avión cada día, a pesar de saber que puedes sufrir, que puedes perderlo todo. Y lo haces porque te gusta, porque amas, y entonces vale la pena cada riesgo, cada madrugón, cada mal momento.

Este trabajo lo exige todo, el mil por mil de cada persona, pero da y enseña tanto… En un avión hay jerarquía, pero aprendes lo que es un equipo. Nadie delega, todos arrimamos el hombro. Si tenemos una emergencia, nuestra vida dependerá de nuestros compañeros y la suya de nosotros, así que te enseña a confiar en las personas. Y a calarlas, porque vemos una media de 800 personas al día. 800 personas a las que miramos a los ojos, con las que hablamos… Eso te enseña a calar rápidamente a la gente y a empatizar con las personas, a saber ponerte en el lugar del pasajero que viene enfadado por que perdió el vuelo, en el del pasajero que se cree superior porque paga o se dedica a algo que considera mejor que «poner café en un avión», en el de quien está nervioso porque le da miedo volar o en el de quien va triste porque deja atrás algo que quizá pudo haber sido y no fue. Acabas sabiendo quien necesita un kleenex y un vaso de agua o quien necesita tranquilidad sólo con mirarles. Hasta acabas sabiendo quien puede darte problemas en un momento dado, aunque por supuesto también aprendes que puedes equivocarte, que esa chica que parecía tan simpática puede ponerte una reclamación cuando menos te lo esperas, simplemente por no conseguir una comida extra que quería a pesar de saber que no tenía derecho a ella, y ese otro con pinta de calladito puede salir en tu defensa cuando más lo necesitas. Cada día te sorprende, cada día aprendes, cada día es diferente y por eso cada día tenemos que estar agradecidos de poder estar dónde estamos con sus momentos mejores y peores, porque, al fin y al cabo «it’s allways sunny above the clouds»

A los que voláis… nadie dijo que fuera fácil, pero, cuando se os olvide (a veces se nos olvida), cuando estéis cansados, quemados, cuando no podáis más, miraros al espejo, o mirad por la ventanilla, y recordar que estáis donde estáis por vuestro propio esfuerzo, que nadie os ha regalado nunca nada, que os habéis ganado cada hora de vuelo, cada anécdota, cada lección, cada momento, cada amanecer que veis por la ventanilla. No hay mejor sensación que estar orgulloso de uno mismo con motivo. Eso si que es guay.

A los que aún no voláis pero lo intentáis cada día, os dejo esto:

Si puedes soñarlo, puedes hacerlo, y si no lo consigues, habrás aprendido a luchar, y eso ya es volar.

Esta es mi historia, nada raro, nada especial, nada del otro mundo, solo la de una persona normal, valiente, trabajadora, a veces muy fuerte y otras no tanto, pero siempre luchadora. Como miles de personas.

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