Empatía… ¡y a volar!

by lucyintheclouds

Empatía: Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro. (RAE)

El pasajero: vacaciones en Ibiza.

Suena el despertador y me levanto desganado. ¡Levantarse después de una rica siesta es inhumano! Me ducho, me cambio y meriendo como buenamente puedo. Acabo de hacer la maleta y meto la tablet en la de mano, bajo al coche y en 20 minutos me planto en el aeropuerto. ¡Odio los aeropuertos! Tanta gente junta me pone nervioso. Facturo la maleta y pongo rumbo al control de seguridad, donde el imbécil del segurata me tira la botella de agua. Ya ves tú qué tontería, por una botella de agua… Ya estoy de mala leche y busco desganado la puerta de embarque. Tras una larga caminata llego a mi puerta de embarque  donde ya han empezado a embarcar. Me parece fatal que no hayan esperado a que estemos todos los pasajeros, y para colmo la payasa de la puerta de embarque me ha dicho que esta me la pasa, pero «que para la próxima tendré que pagar porque mi equipaje de mano es muy grande». ¡¿Pero qué dices tú, si la compré tamaño cabina?!. Esto me pasa por viajar en bajo coste. Embarco y nos tienen 10 minutos esperando en la pasarela porque faltan dos chalecos salvavidas. (Ya ves tú para lo que quiero yo un chaleco salvavidas). Al final empezamos a entrar y nos reciben sin pena ni gloria. Me siento y me abrocho el cinturón. Viene la azafata y me dice que me lo tengo que desabrochar porque están repostando o no sé qué leches. ¡Pues no me da la gana! Siempre dando la turra con que me lo abroche y ahora esta viene a torearme. La mujer insiste y al final me lo desabrocho. Al rato se pone a mi lado a hacer el teatrillo (que no sé ni para que lo hacen, porque total, si el avión se cae nos matamos todos), y me da con la mascarilla de oxígeno. Ella me pide perdón pero la miro fatal, que le quede claro que el pasajero es la prioridad. Despegamos y ya empiezan con las turbulencias. ¡No hay nada peor que volar con turbulencias!. Al cuarto de hora de despegar empiezan a pasar con el carrito. Me dan un bocadillo de pollo, pero yo lo quiero de chorizo. La chica me dice que no hay opciones y me sonríe desganada. ¡Ay señor, he pagado mi billete y se ríen en mi cara! Cojo el de pollo de mala gana y para beber le pido un mojito. La chica me dice que las bebidas alcohólicas hay que pagarlas. Me enciendo y empiezo a gritar. La gente se gira pero me da igual. Es injusto que haya pagado mi billete y no me den ni bocadillo de chorizo ni un mojito. La chica me pide perdón pero tampoco me soluciona nada. ¡Bueno, al menos que le quede claro quién tiene el poder! Empezamos a descender y empiezo a leer. La azafata (o mosca cojonera) viene a decirme que apague la tablet. No me da la gana. Ella ya no insiste, se va sin decir nada. (minipunto para mi). Aterrizamos en Ibiza y me quejo al sobrecargo. Le pido una hoja de reclamaciones para ponérsela a la chica, y esta ni corta ni perezosa me mira fijamente y se mete corriendo al baño. ¡Vaya despedida! Llego a la terminal, pongo la hoja de reclamaciones y cojo el taxi que me lleva hasta el hotel. ¡Empiezan las vacaciones!.

La azafata: salto ibicenco. ¡Señor, dame paciencia!

Aterrizamos de Dublín, y cuando pensé que ya se acabaría la jornada, sale el comandante y nos dice que nos acaban de meter un vuelo de ida y vuelta a Ibiza. Estamos todos agotados, pero nos resignamos y nos preparamos para el vuelo. No me siento bien mentalmente, pero la vida sigue y hay que ser profesional. Hago las comprobaciones de seguridad y vaya por Dios: faltan dos chalecos salvavidas. Esto implica 10 minutos de retraso esperando a que nos traigan unos de repuesto. Aprovecho para tomarme un café, pero no doy ni dos sorbos cuando ya empieza el embarque. Dejo mi café de lado y me preparo para lidiar con cien mil maletas enormes, colchonetas de piscina, sombreros, bolsas del duty free y hasta el Pequeño Nicolás infiltrado en los compartimentos superiores. Me fijo en un pasajero con cara de muy mala leche. Se sienta y se abrocha el cinturón. No puede hacerlo porque estamos reposando, así que me acerco y le pido que se desabroche el cinturón. Me dice que no, que siempre le dicen que se lo tienen que abrochar, pero yo insisto mucho y al final se lo desabrocha. ¡La seguridad a bordo es lo más importante para mi!. Cerramos y armamos puertas y empezamos la demo de seguridad. Mientras hago la demo de seguridad a cien cabezas concentradas en el móvil, le doy con la mascarilla de oxígeno al pasajero con cara de mala leche. Esta seria la típica situación que haría reírse a carcajadas a mi madre. Le pido perdón al pasajero pero él me mira muy mal. «Sé profesional, ni caso», me digo a mi misma. Aseguramos cabina, me siento y despegamos. «Turbulencias… this is going to be funny», suena en mi cabeza. Montamos el carro y pasamos por cabina. Intento sonreír mientras ofrezco los bocadillos y bebidas, pero estoy muy desganada y vacía por dentro. El pasajero de la mala leche me pide un bocadillo de chorizo, pero no hay. Murmulla por lo bajo, pero acepta del de pollo de mala gana. Cuando le pregunto qué quiere beber me dice que un mojito. Yo le digo que eso hay que pagarlo, y  de repente, por sorpresa, me empieza a gritar en alto. Me siento humillada, pero prefiero ignorarle. Empieza el descenso y veo al pasajero con cara de mala leche leer en su tablet. Le digo que la apague, él dice que no y yo ya harta paso de él. Aterrizamos, abrimos puertas y los pasajeros empiezan a desembarcar. El pasajero con cara de mala leche se acerca al sobrecargo y se queja. También le dice que me quiere poner una hoja de reclamaciones. Le miro fijamente y me meto en el baño. Las lágrimas corren por mis mejillas. Hoy es mi primer día de trabajo desde que murió mi madre, y me da rabia que un pasajero se queje tanto después de haber hecho lo que le ha dado la gana durante el vuelo. Me lavo la cara, y humillada salgo a la cabina. Mis compañeros me abrazan. Hacemos las comprobaciones de seguridad, embarcamos y vuelta a casa.

Img: Erik Hildebrandt/MachPOD

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