Viví el momento más duro de mi vida hace casi 6 años. Creí que sería incapaz de superarlo, que no estaba preparada para soportar tanto dolor, pero descubrí que tenía más fortaleza de la que yo pensaba.
Viví el segundo peor momento de mi vida hace algo más de 3 meses. Pese a que ya sabía que era una «chica valiente», dudé por un momento si valía la pena seguir adelante.
Pero seguí. Lloré como nunca jamás había llorado. Descargué mi rabia y mi frustración y hasta me permití unos días de autocompasión, de quedarme en la cama regocijándome en mi desgracia. Pero al cabo de unos días, me cargué de orgullo (como buena galleguiña riquiña que soy), me tragué la pena y decidí volver a ser feliz.

No voy a decir que no me costó. De hecho, hubiera sido más fácil encontrar a Wally en medio de la foto de equipo del Granada CF, que superar fácilmente los malos momentos que estaba pasando, pero yo tengo la grandísima suerte de tener a mi lado a personas maravillosas que me facilitaron el trabajo.
Dicen que en los momentos difíciles, estás tan de bajón que no sabes ni lo que está pasando a tu alrededor. ¡Qué suerte, que yo sí pude ver quién estaba!, y por eso hoy le dedico el artículo a mi madre, a Bea, Sandra, Amalur y Raquel, de una manera especial. Lo hago porque me cuidaron, me dieron la razón cuando la tenía y me la quitaron cuando no la merecía.

Y después de este #MomentoNatyAbascal «quiero a todo el mundo», os explico a qué viene este ataque de ñoñez, aunque muchos de vosotros ya lo sabéis: vuelvo a volar.
No tendría nada de especial si no fuera porque hace algo más de seis años, un poco antes de aquel primer peor momento de mi vida, que no lo hago. Creí que mi etapa como TCP se había acabado en aquel momento; empecé mi carrera en el mundo del Marketing, trabajé en las Oficinas Centrales de Inditex, lancé Diarioazafata y me estrené como freelance con clientes como Citroën España, Arturo Alvarez o Korean Air. Fui feliz con mi trabajo y con los años que pasé en tierra, pero nunca, ni un solo día dejé de pensar en el avión.

Todo lo malo que me pasó en enero de este año, tuvo una parte positiva. Bueno, una… o varias. A parte de saber quién estaba a mi lado y quién no (maldición, a veces es mejor permanecer ciego y no ver ciertas verdades), aprendí que de los malos momentos siempre nace algo bueno. Igual que un vuelo con turbulencias hace que los pilotos dupliquen su atención a los mandos del avión, las turbulencias de mi vida me hicieron estar pendiente y atenta a las nuevas oportunidades. Casi sin pensarlo, me vi en un proceso de selección, en un curso de conversión, manuales, clases, tacones, nuevos aviones y exámenes.

Nada, absolutamente nada, podría haberme ayudado a salir más rápido de aquel bache, que volver a la aviación.
Realmente no era consciente de lo mucho que necesitaba volar hasta que volví a la dinámica de los procedimientos, las emergency check-lists o las clases de CRM. Y os confieso una cosa… el día de la prueba de mi nuevo uniforme, casi se me caen las lágrimas de emoción mientras me miraba en el espejo (sister, ese momentazo contigo fue de lo mejor del curso).
A veces hace falta que pase algo gordo en la vida para que uno reaccione y se de cuenta de lo que de verdad quiere hacer; de lo que en verdad ama hacer. Yo lo supe siempre, pero hoy lo ratifico: mi pasión es volar. Ojo, que no digo que sea la única pasión que tengo, pero sí es una de las más importantes. Me siento feliz, completa, fuerte y preparada para hacer felices a los demás.
Cuando eres feliz, atraes felicidad… eso es así. Últimamente me cuesta menos escuchar, comprender y hasta perdonar.

¿Cuántos de vosotros creéis que os merecéis esa oportunidad que nunca llega? Un trabajo, un agradecimiento, un amor, un detalle, el viaje de tu vida… Para un momento, analízate y piensa si estás teniendo la actitud correcta. Desear con todas tus fuerzas que pase algo, no va a hacer que pase. Cruzar los dedos, rezar a todas las divinidades que conoces o compadecerte de ti mismo, tampoco va a hacer que pase. Cárgate de fuerza, sé valiente, toma la decisión y échate a volar.

Just in case, si decides echarte a volar asegúrate de que la gente que te quiere te espere abajo con una red por si te caes. Y si te caes… levántate con la frente bien alta (y como dijo el gran Sabina: con la lengua muy larga y la falda muy corta). No esperes a que la vida te de un palo para reaccionar.

¡Felices vuelos y ánimo que ya llega el fin de semana!

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