Todo eran risas hasta que llegó la maquinita de la venta a bordo

by lucyintheclouds

Selección de quesos, chapatas de jamón ibérico y lomo, canapés, brownies de chocolate y doughnuts, y hasta bandejas completas de comida caliente. Gratis. Para los pasajeros.

Sé que las nuevas generaciones, esas que habéis crecido sin asiento asignado en el avión, desmarcando las casillas de «quiero un seguro de viaje, un plus para mis skis y que me busques un coche de alquiler», muriéndoos de calor en pleno verano por llevar puestos 4 jerseys y 2 abrigos porque no os caben en la estúpida maleta de mano, y pagando 3€ por un café en un vaso de cartón, no vais a creerme, pero hubo una época en la que la comida era gratis. En la que no se vendían calendarios con TCPs en bikini. En la que podías llevar tu maleta de mano, un bolso y el abrigo. Sí, todo al mismo tiempo.
En la que comprobaban tu billete en la puerta de embarque de Madrid, para que no acabaras en Tenerife. Tenías almohada y manta. Y prensa. Sí, era una época en la que volar era un placer.

Recuerdo los vuelos internacionales. Una copa de cava para todo el pasaje después del despegue. Toallitas y frutos secos mientras se preparaba la comida caliente: «¿carne o pescado, señor? ¿Tarta de queso o fruta? ¿le puedo recomendar un vino tinto?».

Todo el pasaje estaba satisfecho y los de catering siempre subían un par de bandejas de más, así que las tcp’s podíamos darnos el banquete en el galley mientras los pasajeros leían el periódico.
Una fiesta, vamos: brownies al horno para nosotras, cerveza y whisky a gogó para los pasajeros.

– ¿Puede darme otro vino, señorita?

– Por supuesto, caballero. Le dejo una bolsita de nueces de Macadamia y otra de almendras Marconas.

– Gracias, señorita.

– De nada, caballero.

– Capi, quieres otra Coca-Cola

– Sí, please. ¿me traes algo de comer?

– ¿Quieres una chapata de jamón?

– Sí, y una de lomo.

– ¡Marchando!

– ¿Puedes añadir un par de botellas de agua de más a la reposición catering? Así nos las llevamos al hotel.

– ¡Claro! Ya he pedido cuatro. Así tenemos una para cada uno.

Y así. Un no parar…

Pero un día cambié de compañía aérea y los carros estaban como… ¡precintados!. Todo contado, todo tasado y no estaba bien visto que te comieras un muffin de chocolate sin el consentimiento previo de la sobrecargo. Que sí, que bueno… que si era sólo uno, pues vale, te lo comías y tal… pero nada de pedir botellas de agua extra o malgastar las toallitas.

Las cuentas de la venta a bordo se hacían en plan «a lo aproximado», tirando por lo alto. Que sabíamos que si el vuelo era de españoles teníamos que tener buen cálculo mental y cobrarles bien, que los españoles somos muy así, muy de contar. Pero si el vuelo era de nórdicos que ya iban tajados a la mitad del vuelo, pues les cobrabas a ojo. Como dejándote guiar por el promedio de cervezas de otros nórdicos. Eso compensaba todas las veces que cobrábamos de menos, que haberlas habíalas.

– 15€, Sir

– ¿15€?

– Yes, 15€

– Ok… 15€

Y todos contentos. Que a ver, que no estoy diciendo yo que les cobráramos siempre mal, no, no digo eso. Digo que a veces, pues les cobrabas casi, casi bien y ya si eso después hacías cuentas. Unas comisiones que nos levantábamos de la leche. Que estábamos todos deseando hacer los Escandi para hacer cuentas con los amigos nórdicos.

Pero ¡ay amigo! un buen día llegó la maquinita de contar. Un híbrido demoníaco entre calculadora científica y blackberry rudimentaria que no te dejaba cobrar ni un céntimo de más, ni un céntimo de menos. Te devolvía un ticket de compra, y así el cliente tenía la fiel certeza de que no le estabamos tangando pasta cobrando demasiado por error, pero los quebraderos de cabeza que nos daba la maquinita eran finos filipinos:

– Mariloli, no puedo seleccionar las Pringles en la maquinita

– ¿Otra vez se ha vuelto a estropear? Pues selecciona algo del mismo precio y ya está

– ¿Seguro?

– Sí, ¿qué vamos a hacer? ¿regalarle las patatillas al pasajero? no podemos… ¿dejar de vender? no podemos.

– Vale, selecciono los palitos de queso, que cuestan lo mismo.

– Aquí tiene señor pasajero, su ticket de 2.50€

– Pero yo no he pedido palitos de queso, he pedido Pringles y aquí pone palitos de queso

– Oh, lo siento señor, pero la maquinita no me deja seleccionar Pringles y he tenido que seleccionar lo de los quesos.

– Pero si tengo que reclamar algo, esto no es real. Quiero el ticket de las Pringles.

– (5 segundos mirándole fijamente con cara de pez. Sonriente, pero cara de pez) ¿Me lo dice en serio?

– Sí, claro.

– No puedo darle un ticket que ponga Pringles porque no me deja seleccionar el item «patatas»

– Entonces no las quiero

– Pero señor, si las desea, no hay problema. El ticket pondrá cheese snacks pero serán sus patatas.

– No, así no las quiero.

– Ok, ¿quiere los palitos de queso en su lugar?

– No, gracias.

– Señor, en teoría no puedo darle las patatas porque no me cuadrará después la cantidad de productos vendidos con el importe. Pero como no es culpa suya, esta vez le regalo las patatas.

– Gracias. ¿podría darme los palitos de queso también?

Are you fucking kidding me? Pero… ¿no me dijo usted que no quer…?

– He cambiado de opinión. Quiero los palitos

– Ok. Son 2.50€

– Sácame el ticket

– Ya lo tiene de antes.

– No, ese es el de las patatas

– ¿El de las patatas que le acabo de regalar?

– En mi empresa no saben que me lo acaba de regalar y yo tengo que pasar los tickets de gastos. Más tickets, más gasto, más dinero para mi.

– Devuélvame las patatas. Aquí tiene sus palitos de queso y su ticket.

Lo siguiente que vi fue al pasajero metiéndose 10 patatas en la boca mientras me miraba desafiante y me decía algo así como «antes no había que pagar nada. Ladrones»
En ese momento me di cuenta de dos cosas: de que la gente es ñorder y de que la venta a bordo iba a hacer estragos entre los pasajeros. Comenzaba una batalla campal pasajero vs. tcp, que finalizaba el día en el que algún iluminado decidió poner el combustible justo en sus aviones. Enfadarse por pagar unas Pringles ya era cosa de nenas…

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