Cuando empiezas a volar en una compañía, uno de los momentos más felices es cuando te entregan tu primer par de uniformes. Te los pruebas, te gustas, te encantas y te mueres de ganas de ir al supermercado vestida con él. Te haces la interesante cuando subes al metro, camino del aeropuerto, y ves que medio vagón te está mirando. Pones cara de «jo-que-asco-llamar-tanto-la-atención», pero la verdad es que te está encantando.

Sí! eso! Que todos se enteren! Eres azafata! Piensas que eres la única mujer del barrio, la vecina buenorra con la que soñarán los del 5ºB, la sensualidad personificada, el deseo de todo hombre…

Y ese sentimiento te dura mientras te dure el uniforme.

¿Y cuánto dura un uniforme? Pues teniendo en cuenta que te lo pones unas 250 horas al mes, dura ni más ni menos que eso: 1 mes.

Bueno, gracias a dios te dan uno más, así que tienes otro mes extra para volver a creerte una diosa. Y después, se acabó. Dejas de ser una femme-fatal para convertirte en una especie de camarera vagabunda con aires de superioridad.

Los zapatos se empiezan a pelar por la punta, porque te pasas el día «frena carrito- mueve carrito-frena carrito-zapatea el carrito contra el galley», y aunque tienes unos zapatitos bajos, monísimos, para dar el servicio, ni te planteas bajarte de los tacones y perder parte de tu dignidad.

Las camisas blancas, por mucho que las cuidas y las lavas empiezan a coger un tono extraño. Las sacas de la lavadora, parece que todo va bien,y de repente descubres una manchita roja en medio y medio de la camisa. Entonces te preguntas de quién habrá sido la idea de dar zumo de tomate en un avión. Y lo peor es que esa parte deconocida para los que no habeis volado nunca, el «matapasiones» (una especie de body ridículo, bochornoso y horrible que solo llevan los bebés y las azafatas de vuelo) empieza a perder fuerza en los corchetes y terminas odiándolo más que nunca cuando colocas una maleta en el rack y de repente: tras! saltan los corchetitos de dos en dos…Que te quedas con una cara de imbécil tremenda y te empiezas a mover lentamente, muuuy-leeen-ta-meeeen-te con la sensación de que si das un paso más largo que otro, vas a sacarle un ojo a tus pasajeros con uno de los corchetes.

Y qué contar sobre la rebequita de punto…esa chaqueta incomprendida que va siempre guardada a presión en la bolsa de vuelo, y que te ha servido para camuflar las latas de coca-cola que sacas del avión como abastecimiento de tu nevera; para crearte una almohada improvisada en los vuelos a Scandinavia, o para convertirla en protector de las miles de chorradas frágiles (también llamadas souvenirs) de cada aeropuerto nuevo al que viajas. Vamos, de todo menos de rebequita. Pero un día se te ocurre ponértela porque hace un frío que pela, y ni corta ni perezosa te la plantas encima, llena de arrugas, sin 2 botones y con la etiqueta todavía puesta.


Así que al final del día te bajas del avión y vuelves a casa. Con los pelos como si acabaras de ganarle un combate a Catwoman, con el rímel corrido, con una carrera en las medias, con la falta arrugada, la rebequita puesta y los zapatos pelados como el culo de un mono.

Y aquí empieza la mafia de los puntos uniformeros…Que casi te sientes Vito Corleone haciendo negocio con Johnny Fontane «Te haré una oferta que no podrás rechazar» : Si me pasas 100 puntitos para unos zapatos nuevos, te consigo unos guantes gratis…y te coso los corchetes 😉

Imágen Licencia CC autor Shayne Kaye
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