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Mi experiencia como TCP balsera: The Walking Dead

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“No os preocupéis familia. Aunque me vaya a Madrid a volar, volveré cada día libre que tenga. Yo puedo ser una TCP balsera”. Fail. Epic Fail.
Decir eso es lo mismo que decir “Ay, no. Yo no quiero epidural, quiero saber lo que es parir y ser madre”. Error. Que luego todas gritáis como posesas “¡La epiduraaaaaaaaal, la epiduraaaaaal!”.

Y es que las cosas parecen fáciles y poco dolorosas hasta que te tocan a ti. Yo tomé la decisión de alquilar un piso compartido en Madrid (saluditos, mi sis) para los días de vuelo y las imaginarias, y volver a mi casa cada día libre que tenía. A veces, 2 veces por semana.
Sé que desde fuera no parece un gran sacrificio. No tenía que pagar por los vuelos porque volaba como “extra-crew” y es un gran beneficio que tenemos los TCP en España… pero os aseguro que después de 14 horas de vuelo nocturno cruzando el Atlántico, lo que más te apetece al aterrizar, es salir pitando del aeropuerto, alejarte de cualquier cosa con forma de avión y dormir durante horas.
Los balseros, sin embargo, no sabemos qué se siente con esa experiencia. Nos quedamos embelesados mirando para otro TCP cuando nos cuenta que sólo tarda 15 minutos en llegar del parking de Barajas a su cama. Les miramos con cara de cordero degollado; 50% de admiración y 50% de odio intenso.

Cada vez que volvemos de una línea larga se repite el mismo ritual: bajamos del avión con ojeras, con un ojo temblando, una presión en la sien y los nervios a flor de piel. Todo son prisas. Que aún no se ha bajado el último pasajero de tu A330 y tu ya tienes el chaleco reflectante puesto, la tarjeta preparada y las maletas esperando en el galley hasta oir “¡Chicoooos, pasaje desembarcado, nos vamos!”. Escuchar eso es mejor que escuchar “Han venido los Reyes” en la mañana del 6 de enero.
Nadie habla ya en la jardinera de vuelta a la sala de firmas. Si te fijas en la cara de tus compañeros, por momento llegas a dudar de si son las mismas personas con las que empezaste la línea dos días atrás. Pieles secas, ojos pequeños, ceños fruncidos… y al llegar a firmar y escuchar el debriefing (escuchar supone ya un esfuerzo extra) la gente sale corriendo como alma que lleva el diablo. Salen todos. Todos menos tú, balsera.

Tú te quedas allí, con tu cara de “Tristón solo quiere un amiguito“, con tu bolsa de vuelo, tu maleta, tu abrigo, el bolso y un café de la máquina infernal. Esperas una hora y media (una jodida interminable hora y media), justo el tiempo insuficiente para que no te compense ir a tu casa del aeropuerto y dormir un poco, y demasiado tiempo para estar esperando en una sala de firmas después de llevar 20 horas despierta y trabajando.
Esperas a que firme la tripulación del vuelo en el que te quieres marchar a tu ciudad para preguntarle al comandante si te lleva a casa. Mientras tanto, pasan tripulaciones y tripulaciones que comienzan su jornada laboral y tú cada vez te sientes más pequeña. Ellas están monísimas: su maquillaje impoluto, su moño perfecto, sus lustrosos zapatos y su juventud y lozanía deslumbrantes. Y allí estás tú, sentada en una silla, intentando mantener una postura derecha y la boca cerrada sin bostezar.

Tus compañeros van desfilando ante ti y todos te miran con cara de pena: “¿te vas a casa? ufff! cómo os admiro a los balseros. Yo no sería capaz de hacer lo que hacéis“.
En ese momento te gustaría darles un speech sobre lo que significa tener a tu familia en una ciudad diferente, lo que significa tener a un padre enfermo a cientos de kilómetros, un cumpleaños de tu hermana, unos hijos a los que recuperar de casa de la abuela o un marido al que te apetece ver. Pero el speech se quedan en un “sí, me voy a casa”.

Y cuando por fin llega la tripulación del vuelo en el que te quieres marchar, empiezan los nervios. Sólo quedan 3 plazas libres en el avión y no sabes si el comandante ya se ha comprometido con otras personas. Lo único en lo que puedes pensar es en llegar a casa pero como buena balsera que eres, tienes localizados dos vuelos de otras compañías que salen dentro de una hora y media, desde una terminal diferente del aeropuerto. No tienes ni idea de cómo llegarías a la otra terminal si se diera el caso, pero siempre hay plan B y plan C.

El comandante te dice que te lleva. Te vas al avión con la tripulación y te ofreces para ayudarles a preparar el vuelo. Te llevan a casa “gratis” así que qué menos que preguntar si puedes colocar la prensa o chequear chalecos. Lo preguntas, eso sí, pidiéndole a todos los santos y arcángeles, a Adonai, a la Santísima Trinidad, a Alá (buen rollo tíos), a la diosa Chalchiuhtlicue, a Ares, Atena, Lakshmi y a Vulcano, que te digan que no. Y la realidad es que ellos quieren que les ayudes, pero se dan cuenta de que tu sonrisa de ofrecimiento es más falsa que un boliviano rubio y te dejan descansar en un asiento, tranquila, apartada del mundo y con la mirada perdida hacia el infinito.

Tu intentas no dormirte, porque mireusté estás de uniforme y además deberías ir pendiente de lo que pasa en el vuelo por si necesitan de tu ayuda. Lo intentas, pones todo tu empeño y te convences de que sólo vas a cerrar un poquito los ojos mientras los últimos pasajeros embarcan. Un ratito nada más… un ratito pequeñito. Y cuando abres los ojos porque crees que vamos a despegar, te das cuenta de que ya has aterrizado en tu aeropuerto. “¡Otra vez me he dormido, shit!”. Intentas recomponerte, hacerte la coleta, limpiarte el rimmel con las yemas de los dedos (ya te llega hasta la barbilla right now) y buscas desesperada un caramelo de menta. Pero tu bolso, que está confabulado contra ti y contra la vida balsera en general, se empeña en mostrarte de todo menos los caramelos de menta: un boli del hotel de Lima, un lápiz del de Nueva York, una chocolatina de otra compañía, toallitas refrescantes, tres barras de labios y dos Carmex diferentes; tickets de compra, Reales, a quarter Dollar, 2 pesos argentinos, algo que pincha y 20 horquillas del pelo de todas las tonalidades de marrón posibles.

Gracias a la tripu, gracias a los pilotos, gracias a todos por tan magnífico vuelo y sales corriendo porque algún santo familiar te espera en la terminal para recogerte. Y mientras cruzas el aeropuerto, solo ves bultos de colores que son, lo que viene siendo, personas. Y allí, al otro lado de la puerta, está tu novio, tu madre, tu esposa o toda la familia esperándote. Apuras el paso hacia ellos y tropiezas con tu propia maleta. Se te cae el bolso y sale rodando un peso uruguayo y los dichosos caramelos de menta. Mientras, ellos sonríen, te abrazan, te cogen las maletas y empiezan la ronda de preguntas sobre el vuelo, sobre el país en el que has estado, sobre el clima, los precios y los pasajeros.

Y por fin llegas a casa. Y caes muerta sobre tu cama y duermes 10 horas seguidas aunque te hubiera gustado que fueran 14. Pero no hay tiempo. Hay que comer, relacionarse socialmente, ir a la reunión de padres, a la de la comunidad de tu edificio o a celebrar el santo de tu suegra. Y el día libre se ha ido… Es el momento de volver a hacer maletas para volver a Madrid… Buenos Aires nos espera.

Dedicado a todos los TCP balseros del mundo, y en especial a mis compis de Air Europa

Img: Matt_Weibo

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