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Pilotos que viven en las nubes o cómo parecerse más a una chatarrera que a una azafata

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En mi tercer día de aquella línea de cuatro sin pisar mi casa, el cansancio y la desesperación empezaban a hacer mella en mi.
En los últimos días acumulaba 14 vuelos, 8 de ellos internacionales. Había servido más de 400 comidas calientes y sinceramente, me daba igual si el hotel estaba en Marsella o en Albacete.
Era el último vuelo del día. Un Madrid – Nápoles cargadito de Io sono il capone della Mafia afables italianos, de estos que viajan en silencio y sin armar follones.
No. Es broma. ¿Cómo va a viajar un grupo de pasajeros italianos en silencio?

El tema es que embarcamos en Madrid a eso de las 19 horas, después de haber pasado por un Bolonia – Barcelona – Santiago de Compostela. Mi compañera parecía una yonki en el fondo del avión, apoyada en uno de los asientos y tratando de sonreír como cuando el gorrillas de turno te busca sitio para aparcar el coche. Yo, en la parte delantera, entré en coma durante unos segundos. Reviví cuando uno de los pasajeros se afanaba en pedirme disculpas.

- Signorina, scusi, sta bene?
- ____________________________________________
- Signorina, sta bene?
- ___________________________________________
- hey, signorina! mi ascolta?
- __________

Desperté de mi letargo cuando el italiano me zarandeaba del brazo:

- Oh, si. Mi dispiace, signore. Come posso aiutarLi?
- Ma… Lei esta bene? la mia valigia, il suo piede. Tutto bene?

Y entonces me di cuenta. Su maleta había pasado por encima de mis pies y el pobre pasajero estaba preocupado por el atropello. Sinceramente, creo que me podría haber atropellado un coche de follow me, y yo ni me habría inmutado.

Despegamos sin pena ni gloria, sin oficio ni beneficio. Y con las mismas ganas de preparar y servir champagne para todos, toallitas calientes, canapés, comidas, bebidas, postres y café, que de escuchar un simposio sobre el antifonario de León, nos metimos al galley para comenzar nuestros quehaceres.

Por supuesto, a parte de servir a todo el pasaje, responder preguntas, recoger el servicio y asegurar cabina en menos de una hora, también teníamos que preparar la cena de Don Comandante y Mister Ytu, que después de pasarse el día leyendo periódicos y tomando coca-colas, estaban demasiado cansados para salir de su batcueva de mando y prepararse su cena.

Pero sorprendentemente, aquel vuelo se nos hacía más largo de lo normal. Maripili y yo pudimos dar la cena a los pasajeros sin ataques de ansiedad, temblores de ojo o hiperventilaciones. Todo estaba resultando excesivamente lento y Maripili y yo pudimos, incluso, bebernos un vaso de agua y comentar las virtudes físicas del joven mozo italiano del 5F.

Cuando entré en cockpit para ver si los amos estaban muertos, si un rayo mortal los había alcanzado o si por el contrario todavía respiraban y para recoger las bandejas de su cena, me pareció atisbar lo que venía siendo una pista de aterrizaje.

- ¿Qué es eso?
- ¿Cómo que qué es eso, Lucy?
- Eso, esas luces de ahí.
- Eso es nuestra pista, nos estamos aproximando, retíranos estas bandejas y Maripili y tú ya podéis sentaros.

¿Alguna vez habéis sentido esa mezcla entre pánico y enajenación mental con ramalazos psicópatas nivel dios, a partes iguales? Yo lo sentí por primera vez en ese momento.

- ¿Cómo que podemos sentarnos? La cabina está sin recoger.
- ¿Cómo? ¡Estamos en aproximación!
- ¿Ah sí? Bueno, creo que lo supongo por esa pista en la que estamos a punto de tomar. Entré hace 15 minutos para preguntarte el tiempo que faltaba para la aproximación. Después de comerte tu último trozo de solomillo, me respondiste que tendríamos que estar un buen rato dando vueltas, que no me preocupara, y que diera el servicio “tranquilita”.
- Tranquila sí, pero…
- ¿Pero? ¿Pero? ¿Me has avisado de que ya estábamos en aproximación?
- No…
- ¿Sabes que tengo que recoger todas las lozas, vasos, tenedores y bandejas de los pasajeros?

Y antes de esperar la respuesta, salí de cabina y en menos de 5 segundos le expliqué a Maripili -que se estaba comiendo un yogur y ojeando la Vogue tan ricamente -, que en menos de 10 minutos estaríamos en el suelo.
Así que lo único que se nos ocurrió fue coger el trolley de la basura, ir por el pasillo a la voz de ¡Dennos todo lo que tengan en la mesa!, que parecíamos más atracadoras de bancos que TCPs, y arrojar lozas, cristalería y cubertería de acero inoxidable al contenedor de la basura. Podía distinguir perfectamente las casitas de la arquitectura napolitana. Estábamos tan bajos que casi podía saber qué marca de spaghetti estaba cocinando la mamma en cualquiera de las cocinas de la región.

- ¿Sabes que no podemos tirar estas cosas, verdad? -gimoteaba la pobre Maripili – ¿sabes que nos van a regañar por tirarlas, verdad?
- Maripili, ¡calla y tira!

Y cuatro minutos después habíamos recogido y asegurado cabina y estábamos sentadas en nuestros trasportines.

- Cabina Asegurada
- Gracias Lucía
- Ya hablaremos

Y así fue como Maripili y yo acabamos el tercer día de una línea de cuatro noches. ¿Comiendo polenta y bebiendo Civielle Lugana en un buen restaurante italiano?
No señores… sentadas en el suelo del galley, despeinadas, con el container de la basura abierto y rebuscando entre latas de cerveza y otras lindezas todas aquellas bandejitas de loza. Y vasos de cristal. Y cucharitas de café.
Una vez más, estuvimos más cerca de ser chatarreras que glamurosas azafatas.

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