Si viajas frecuentemente en avión, es más que probable que cuando leas las siglas UM lo asocies directamente a las palabras UN MONSTRUO. Pero para todos aquellos que no habéis tenido la suerte de coincidir con estas pequeñas criaturas, os contaré que su significado real es Unaccompanied Minor. Vamos, un menor no acompañado que viaja solo en el avión.

Pero este UM no es un menor cualquiera, no. No es un menor de 16 años que va enfurruñado escuchando la música de su Ipod. No se esconde debajo de un gorro de lana que le tapa hasta la nariz ni te mira con cara de culo.
Un UM es un menor de entre 5 y 11 años que embarca de la mano de algún compañero de tierra, lo suelta en el avión, y lo recoge en el aeropuerto de destino otro compañero de tierra para entregárselo a algún familiar. Entre 5 y 11 años. 5 y 11. No hace falta que os diga nada más.

El UM que parecía bueno

Era la primera vez que aquel little angel viajaba solo. Tenía 6 años y estaba asustado.
Cuando me lo entregaron, tenía las lágrimas en los ojos porque acababa de despedirse de su mamá y no le gustaba la idea de pasar 2 horas en un avión sin nadie conocido a su alrededor.
Recuerdo que mientras esperábamos al resto de pasajeros, little angel se puso a llorar. Lloraba bajito, para no molestar, para que no nos enterásemos de su gran pena, pero en cuanto vi aquellos lagrimones que bajaban por sus mejillas sonrojadas de querubín, me senté con él y tras 5 minutos de charla y de poner y quitar pegatinas por todas partes del avión, logré que se tranquilizara.

Estaba convencida de que todo iría bien. Little angel estaba tranquilo y miraba fijamente a mi compañera mientras hacía la demo de seguridad en mitad del pasillo.
Aseguramos cabina, nos sentamos y entramos en pista para despegue. Y cuando los motores estaban a tope y el morro a punto de subir, little angel decidió desabrocharse el cinturón, levantarse y venir hacia mi gritando que quería más pegatinas.

* No, niño. Ahora no. Siéntate. ¡Siéntate!
* Más pegatinas -gritaba el bandido – ¡más pegatinas ahora! Las otras ya las he acabado.
* ¡Niño! Siéntate que te vas a caer

Little angel se transformó. Dejo de ser un adorable y frágil niño de 6 años, rubio y con mofletes colorados, y su cara se convirtió en un único moflete colorado a punto de estallar de rabia.

* Chica, más pegatinas
* ¡Que te sientes! No me puedo levantar ahora. ¡Siéntate!
* Si no me das pegatinas te muerdo.

Y un pasajero no cabezón, de esos que quieres hacer el bien, se aventuró a echarle la mano a little angel, que había digievolucionado a little evil, para retenerlo en el asiento. Pero el buen crío le echó la boca al brazo del que parecía mi salvador.

* ¡Ay! Este niño me acaba de morder.

La lucha duró 30 segundos que a mi me parecieron 30 minutos, hasta que me pude desabrochar el cinturón, levantarme y regañar a aquel lucifer vestido de Mayoral, que no dudó ni 2 segundos en darme una patada en la espinilla.

Decid lo que queráis pero no me quedó más remedio que decirle que si no se quedaba quieto en las siguientes 2 horas, aterrizábamos en una isla en medio del océano y le dejábamos allí solo.
Calladito se quedó. Ni una palabra más.

El UM que jugaba al escondite inglés

* Te cambio. ¿Quieres ir tu delante como sobrecargo?
* ¿Por qué? ¿Qué pasa?
* Mira quien está a punto de embarcar…

Y es que a este otro UM ya nos lo conocíamos. Tenía 7 años y ya lo habíamos llevado en el avión unas cuantas veces.
Éste no nos engañaba. No había opción a la confusión. Éste, directamente era EL MAL.

* Carlos, te sientas y no te me mueves de ahí hasta que yo te lo diga. Va a llegar el resto del pasaje.
* Hoy voy a portarme bien, seño.
* ¿Seño? Yo no soy tu seño, no soy tu profe, soy la azafata.
* Vale seño.

Ok, no va a acabar con mi paciencia. Solo lleva 2 minutos en el avión -pensé – voy a embarcar al resto del pasaje y luego vuelvo a ver qué hace.

Todo parecía ir bien, hasta que empiezo a ver cómo se formaba un tapón en medio del pasillo.
Me dispongo a avanzar lentamente hasta el pasajero cabezón que probablemente estaba colocando su americana, pero mientas me acercaba, veo a Carlitos tirado en el suelo, a la altura de la fila 10.

* ¿Qué haces aquí?
* Juego con mis coches

* Señorita, este niño no me deja sentarme en mi asiento
* Carlos, recoge los coches y levántate. Estás interrumpiendo el embarque. ¡Vamos!
* Dí torpedo, seño.
* No soy tu seño. ¡Levántate ya!
* Dí torpedo y me levanto
* Torpedo
* Halaaa has dicho pedo, ¡has dicho pedo!

Después de amenazar a otro menor para que se quedara quieto en su sitio (esta vez utilicé la figura infernal del comandante) y conseguir que estuviera sentado y con su cinturón abrochado durante el despegue y el servicio a bordo de bar, Carlos parecía estar absorto en una especie de película que traía en su dvd portátil.

* Qué lento se me está pasando este vuelo, Maripili.
* ¿Recogemos el servicio, guardamos los carros y comemos?
* Ok. ¿Puedes recogerle la Coca-Cola al UM?

Diez segundos después, Maripili, con toda la tranquilidad que le caracterizaba, vuelve al galley:

* El UM no está
* ¿Cómo que no está?
* Que no está. En el baño tampoco, está libre.
* Pues hay que buscarlo. Estará debajo de un asiento vacío, jugando con los coches.

Y allí no fuimos Maripili y yo a buscar a Carlitos en un gigantoavión de 50 plazas.

* No puede ser. No se pudo haber esfumado.
* Díselo al comandante
* Pero ¿Cómo le voy a decir al comandante que hemos perdido a un UM en el avión?

Y cuando ya empezábamos a pensar que Carlitos había sido absorvido por el flush, se me ocurrió mirar en el único sitio que no habíamos chequeado.

* El armarito de las maletas. ¿Has buscado allí?

* Carlos ¿pero qué haces aquí metido?
* Di torpedo, ¡seño!

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